Mierda-
No había mejor forma de describir lo que estaba apunto de pasar. El sol del medio día rompía contra su cara con toda la fuerza del lucero. La coraza caldeaba y hacia que su cuerpo sudara por debajo de las ropas y el coleta de cuero. El casco tampoco ayudaba y hacia que el sudor cayera por su frente y quedara atrapado en la venda ensangrentada que tenia alrededor de la cabeza, la herida ardía que se había echo dos días antes cuando un piquero flamenco casi le empala la cabeza durante una escaramuza, el le respondió con un disparo que le llevo media boca al rubio. Se cuidaba de no mostrar la molestia de la herida, la reputación y eso.
A escabecharnos, y con este sol de mierda. Ay que joderse-
El sol le hacia bajar la mirada para protegerse los ojos, solo para encontrarse el reflejo en su propia armadura, trataba de desviar la vista a los lados pero sus ojos se encontraban de nuevo con el molesto brillo, esta vez v Arcabuzero iendolo ahí desde las armaduras de los hombres a su alrededor. Mil piqueros españoles, mil de los siete mil soldados que estaban ahí ese día, y el, en el costado de la formación, en las mangas de arcabuces, con su arcabuz, los doce apóstoles cursando el pecho y las miradas atentas y profesionales de sus compañeros tiradores.
Su trabajo era disparar hacia la formación enemiga, hacerles todo el daño que pudieran matando oficiales y a cuanto santo se atravesara en su mirada.
Entrecerró los ojos para evitar un poco la claridad del día y miro al frente, solo para encontrarse de de nuevo con ese maldito reflejo en las armaduras de ocho mil flamencos avanzando hacia ellos, en formación de combate y con las del turco.
Hay que joderse se dijo pensó, a matar y morir con pagas atrasadas, después de dos días de combate sin descansos y con poco comida en el estomago, hay que joderse. Pero ellos eran españoles, la mejor infantería del mundo, la infantería que, por Rey y Religión, era dueña de medio mundo, y se acuchillaba con la otra mitad. Solo por vergüenza se mantenían ese día ahí, y por la reputación, siempre la maldita reputación.
Ya los holandeses disparaban, las balas chocaban contra el piso con un chasquido sordo. Todavía no están a tiro pensó, y los idiotas ya están desperdiciando municiones y pólvora. Largos hojas de servicio militar y años de soldado le habían enseñado a medir el terreno, ver la distancia y matar de un disparo, sin perder de vista al blanco, y después de que cayera al piso echo fiambre, buscar a otro para saludarlo con un trozo están de plomo en la quijada.
Uno, dos, tres mmm si, ya están-
Sin muchas ceremonias cargo el arcabuz, todos ahí sabían su oficio lo suficiente como para que se los recordaran, acomodo la guía, apunto, sin buscar ningún objetivo en especifico, estaban cerca para dispara y matarlos pero lejos para poder fallar, así que simplemente apunto a la enorme masa humana que avanzaba hacia ellos, jalo el gatillo y las lineas españolas se envolvieron en un humo blanco y espeso. A lo lejos los holandeses comenzaron a morir.
Llevaban tres horas matando, el lucero, como un disco candente los miraba desde lo alto, quemando sus rostros y pudriendo a los muertos. Aquello había dejado de ser una batalla hacia mucho, se había convertido en una boragine de gritos de heridos, gritos de valor, de disparos, de pólvora, de relinchos de caballos, de olor a fiambre, de olor a muerte y barro en esa tierra maldita eh impía.
Los holandeses no habían perdido tiempo y se habían lanzado contra la fila española. Los tiradores flamencos les habían matado a no pocos, pero ellos pagaron los muertos con intereses. A el se le habían acabado los balas y la pólvora después de una media hora de matarles a muchos, después de eso dependió de los pajes para que le dieran lo necesario, nunca llamando a gritos, siempre calmado, atento a lo que pasaba, siempre profesional. Pues profesional era con el mediterráneo y media Europa en la hoja de servicios no conocía otra vida que la soldadesca.
Después de un rato ya ni a los pajes les quedaba nada en los morriones, tampoco que a el le hubiera servido de mucho pues el pedernal le había explotado después de un disparo que le llevo medio cara a un holandés y casi se la lleva a el con la explosión. Y con los flamencos embistiendo denuedo solo le quedo agarrar el arcabuz del cañón y usarlo de masa contra cualquier rubio que se acercara demasiado.
Acaba desincrustar la culata de su arma de la cara de un soldado cuando un holandés enorme se abalanzo sobre el con la daga afuera y las intenciones del turco, rodaron por el suelo manchandose de barro y sangre, tropezando con heridos y muertos, el tratando de sacar su daga y el otro tratando de hurgarle las tripas con la suya. Al final logro desenvainar la vizcaína y le dio dos buenos tajos en la cara a aquel hijoputa, pensó la suerte que tenia de andar la coraza que lo estaba salvando porque el flamenco había echo ya mas de un intento de mandarlo al otro lado. El holandés se separo al sentir las heridas en la cara y el se incorporo, le puso la rodilla en el pecho y le abrió de par en par un tajo en la garganta. El soldado se quedo en el piso ahogandose en su propia sangre, con una mirada estúpida en la cara, como no entendiendo lo que estaba pasando, sin entender porque estaba ahí y porque ese españolete lo había dejo ahí, en ese triste campo de muerte, sin poder volver a su tierra natal . El se separo del holandés que ahora era más fiambre que hombre, saco la toledana y se lanzo contra el que se le antojo mas enemigo, porque entre el humo, el polvo, el odio, la furia y el miedo ya nadie sabia quien era quien y de no ser por las cintas amarillas amarradas al brazo no habría podido decir quien era amigo y quien enemigo.
El sol le quemaba la cara, la pólvora le quemaba la garganta, tenia la boca seca, y sudaba como cerdo, estaba cansado, estaba hambriento, pero esos malditos herejes no se estaban retirando. Daba tajos como un loco, deteniendose a cada momento que podía para recuperar el aliento y de nuevo volver a la matanza. Ya no sabía donde estaba ni quien era, sus brazos se movían solos, cortando vidas, parando golpes, cortando picas, estocada, cuarta, cuarta larga, detengo este golpe, lo mando a este hijoputa a donde sea que lo haya parido su puta madre, mato a este mato al otro. Su cuerpo no reaccionaba, era instinto puro, cólera, era furia y miedo y odio bieceral. La mirada perdida, en su tierra, en su España, en su puta España por la que iba morir ese día sin haber cobrado más de cinco meses de paga, y no se retiraba, siempre la reputación, siempre la puta reputación.
Se retiran! Duro con ellos!- Se oyó gritar. Se retiraban. Los flamencos se estaban retirando en una enorme masa de miedo y angustia, preferían la derrota a tener que seguir pelando contra ese grupo de hombres brutales y despiadados que tanto odiaban.
Vamos!! Vamos a por ellos!!!
De las filas se levanto un grito: España España y Santiago!!! Cierra España!!!
El grito también, grito su ira, grito su miedo, grito todo lo que era, y como demonios salieron a perseguir a sus presas, ya no había hambre, ya no había cansancio solo instinto asesino llevandolos de víctima a víctima, persiguiendo a esos infelices por kilómetros enteros.
La noche cayo y poco a poco se fue apagando la sangre guerrera. Los hombres se comenzaron a reunir en pequeños grupos, alrededor de fogatas, cada vez llegaban mas, como atraídos por el fuego y la promesa de descanso. Un silencio sepulcral se hizo alrededor, se rompía de vez en cuando con disparos perdido y por alguno que preguntaba por tal o cual, a veces los nombres tenían respuesta, otras el silencio les respondía.
El estaba con un grupo se soldados que se había reunido cerca de las ruinas de una casa. La espalda contra la pared, los ojos cerrados. Con los fantasmas del día aun rondando su cabeza, heridos sosteniedose los intestinos, caballos majandose las tripas tratando de levantarse, muñones ensangrentados, caras frías viendolo desde el piso, gritos, muerte, todo lo que se podía esperar de una batalla. Cualquiera piensa después de eso que el mundo no puede volver a ser igual, pero las horas pasan y las voces de los hombres se vuelven más fuertes, y el con un esfuerzo resignado, enterrando en la memoria esos fantasmas, y sabiendo que al día siguiente la matanza continuara, se acerca al fuego, descorcha un pellejo de vino y se toma un trago.
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